Los ojos de los muertos (fantasmas/español)

Los ojos de los muertosTítulo: Los ojos de los muertos
Autora: Clea Saal
Género: fantasmas
Idioma: español
Formato: tapa blanda
Páginas: 148
ISBN:978-1492968511
Precio: US$9.95

Capítulo 1

Cuando se despertó se encontró con que estaba solo en la cama, aunque podía oír el ruido procedente de la planta baja, donde sabía que su mujer le estaba preparando el desayuno. Se trataba de una rutina que había quedado establecida desde los primeros días de su matrimonio dado que ella era una persona madrugadora y él no. Con bastante reticencia se levantó, eligió un traje, uno que era virtualmente idéntico a todos los demás trajes que estaban colgados en su closet, se dio un baño rápido, y finalmente emergió, casi listo para hacerle frente al día.

La puerta estaba ahí, burlándose de él, un recordatorio constante de la ausencia de su hija, un recordatorio de todo lo que había perdido. La niña había desaparecido y nunca iba a volver. Lo sabía, pero al mismo tiempo el saberlo no le resultaba suficiente. Quería saber qué le había sucedido, quería entender el por qué, pero sabía que eso nunca iba a suceder. Había transcurrido mucho tiempo desde ese día, un día en el que no solo su hija sino miles de personas parecían haberse desvanecido en el aire. Era un fenómeno para el cual nadie había podido encontrar nunca una explicación, aunque la verdad era que nadie la había siquiera buscado. Llegó a las escaleras y entonces, sabiendo que no tenía alternativa, se armó de valor y se dirigió a la planta baja.

Hasta el momento todo parecía normal. La casa estaba limpia y, como todos los días, su desayuno lo estaba esperando. Se sentó frente a su mujer, hablando de cosas intrascendentes mientras hacían lo posible por ignorar la presencia de un fantasma que estaba atravesando la mesa como si ésta no estuviera ahí. Era, en pocas palabras, una mañana como cualquier otra, y cuando acabó con su desayuno ayudó a su mujer a recoger la mesa y a lavar los platos, luego de lo cual se dirigió a la puerta y, una vez afuera, vio como su vecina perseguía a su hijo.

Era una escena que le resultaba extremadamente familiar, quizás un poco demasiado familiar, susurró una voz en lo más profundo de su mente, de modo que se quedó ahí, observándolos y tratando de identificar que era lo que lo estaba molestando, pero no podía estar seguro. Al cabo de un minuto o dos sacudió la cabeza, recordándose a sí mismo que se le estaba haciendo tarde y que realmente tenía que ponerse en marcha, de modo que, haciendo a un lado esa escena, encendió el motor e hizo un esfuerzo por concentrarse en el camino.

Odiaba manejar. Era agotador, aunque recordaba que no siempre había sido así. Era solo que desde el día en el que los fantasmas habían hecho su aparición la cosa se había tornado increíblemente estresante. No, los fantasmas en sí no constituían un peligro, no exactamente, pero tenían una tendencia perturbadora a ignorar todo lo que sucedía a su alrededor, y si bien el atropellarlos no era realmente posible, el clavar los frenos seguía siendo una reacción casi instintiva ante su presencia.
Eventualmente llegó a su destino, estacionó su auto en su lugar habitual y entró al edificio. Tan pronto como sintió que el elevador se ponía en movimiento dejó escapar un suspiro de alivio. Descendió en el séptimo piso y se dirigió hacia su cubículo, ignorando casi por completo a sus colegas, esos semi-desconocidos con los que compartía lo que en ocasiones parecía ser un mar de particiones de 1.80 por 1.80.

Sabía que él era, en cierta forma, un hombre perfectamente ordinario, desde su trabajo (el cual desempeñaba en la forma más eficiente posible desde su cubículo en una posición de nivel medio, en una compañía mediana, en una ciudad mediana) hasta su casa, su mujer e incluso su nombre, Henry Jones. Aveces se sentía casi como una especie de caricatura, pero a pesar de ello normalmente se sentía, si no feliz, a menos satisfecho. Siempre le habían desagradado las sorpresas y afortunadamente su rutina no dejaba mucho margen para sobresaltos. La excepción había sido la desaparición de su hija, por supuesto, pero incluso esa era una situación que difícilmente podía ser descrita como ‘única’. Miles de personas habían desaparecido ese día. De hecho sospechaba que le habría resultado casi imposible encontrar a alguien que no conociera a nadie que hubiera desaparecido, y esas desapariciones incluían también a varios de sus colegas, colegas cuyos cubículos trataba de evitar con casi tanto cuidado como trataba de evitar la habitación de Lisa, pero esas ausencias nunca eran mencionadas. Todos sabían que esas personas ya no estaban ahí, sabían que no iban a volver, pero si había algo que no necesitaban eran precisamente los recordatorios constantes de esas ausencias. Oh, era cierto que en ocasiones no podía evitar pensar en ello, o mejor dicho en ella, y sospechaba que no era el único que se sentía así, pero por algún motivo que no alcanzaba a comprender la sola idea de mencionarlo le resultaba virtualmente inconcebible. No sabía muy bien por qué, pero lo que si sabía era que esas desapariciones eran una de esas cosas que su mente parecía tratar de evitar en forma casi instintiva.

Sacudió la cabeza mientras le echaba una ojeada al reloj. Sabía que no era el momento para estar pensando en eso por lo que tornó su atención hacia lo que se suponía que debía hacer, hacia la pantalla que tenía frente a sí. Tenía una hoja de cálculo que revisar, y después de eso otra y otra más.


Esa tarde, al descender, el elevador lo hizo encima de un fantasma. No se trataba de una situación particularmente inusual, pero aún así la forma en la que ese extraño ser parecía surgir del piso mientras ellos bajaban resultaba bastante perturbadora por lo que el Sr. Jones no pudo evitar estremecerse. Miró a su alrededor, pero afortunadamente su reacción instintiva parecía haber pasado desapercibida. Por un momento se preguntó si sus compañeros compartían su intranquilidad ante esa presencia inesperada, pero no tenía como averiguarlo, no sin revelar sus propias emociones, y en general los fantasmas eran un tema que trataban de evitar. Esa era otra de las cosas que habían cambiado.

En cierta forma resultaba gracioso. Aún recordaba una época en la cual la existencia de los fantasmas en sí había sido considerada como una mera superstición ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? No estaba seguro, pero sospechaba que a fin de cuentas tampoco importaba demasiado. Lo que importaba era que en la actualidad cualquiera que intentara negar la existencia de los fantasmas habría sido tomado por loco. Los fantasmas eran una parte innegable e ineludible de la vida cotidiana, eso era algo que ya habían aceptado, y el tema había dejado de ser considerado como uno que estaba abierto a debate desde hacía mucho tiempo. La cosa era que, si bien los fantasmas estaban en todas partes, y si bien su apariencia tendía a ser bastante grotesca, los fantasmas en sí eran completamente inofensivos. Recorrían las calles, se paseaban atravesando las casas, y en ocasiones llegaban incluso a atravesar a la gente, pero parecían no tener conciencia del mundo que los rodeaba. Por supuesto que, con el correr del tiempo, la gente se había acostumbrado a ignorarlos también… o al menos se habían acostumbrado a fingir que lo hacían.

Oh, el sobresaltarse ante su aparición repentina e inesperada seguía siendo algo relativamente común, y el hecho de que los fantasmas no hacían ruido alguno no ayudaba a evitar esos sobresaltos, pero su presencia era algo que resultaba familiar, y también eran familiares algunas de sus peculiaridades. Nadie sabía, por ejemplo, por qué era que los fantasmas eran incapaces de subir la mayor parte de las escaleras, o por qué había ciertas excepciones a esa norma… o incluso por qué era que en algunos lugares los fantasmas parecían flotar visiblemente por encima del piso. Esa era simplemente su forma de ser y, en la mayoría de los casos, era aceptada como tal.


Al cabo de un rato llegó a su casa, donde los fantasmas eran relativamente poco frecuentes. Sabía que, al igual que él, su mujer también se aferraba a su rutina, aunque la verdad era que en ocasiones no estaba seguro de si esa era una buena idea. Tras del nacimiento de Lisa Kate había renunciado a su trabajo, una medida temporal, había dicho en esos días, pero esa medida temporal eventualmente se había convertido en una decisión definitiva, una decisión a la que se había mantenido fiel incluso después de la desaparición de su hija. Era un ama de casa que no tenía a nadie a quien cuidar. En cierta forma el Sr. Jones podía entender su perspectiva. Sí, en el fondo los dos sabían que Lisa no iba a volver, siempre lo habían sabido, pero en un primer momento para su mujer el regresar al trabajo habría representado una especie de reconocimiento tácito de ese hecho, y la verdad era que ese era un paso que en esos días ninguno de los dos había estado listo para dar. Esa renuencia había sido suficiente para evitar que Kate hiciera ningún cambio en esos primeros días, y después de eso la costumbre había hecho que la rutina se reafirmara, de modo que seguían viviendo en la misma casa, cumpliendo los mismos horarios y actuando como si nada, absolutamente nada, hubiera cambiado mientras fingían que la puerta de la habitación de Lisa no estaba siquiera ahí.

Desde el día en el que su hija había desaparecido el Sr. Jones podía contar con los dedos de una mano el número de veces que había entrado en esa habitación, pero al mismo tiempo sabía que su mujer entraba en ella casi todos los días, manteniéndola obsesivamente limpia y asegurándose de que todo estuviera en su lugar, como si estuviera esperando el regreso de su hija. Lo hacía a pesar de que sabía perfectamente que esa hija no iba a volver. De hecho en ocasiones parecía no darse cuenta siquiera de que, en ausencia de la niña, no había nadie que pudiera hacer ningún cambio ¿Quién iba a mover las cosas? ¿El fantasma de Lisa?

Esa idea estuvo a punto de hacerlo reír. Era absurdo, un remanente de las viejas creencias.

Los fantasmas no movían las cosas, todos lo sabían, pero sí se movían a través de esas cosas como si esas cosas no estuvieran ahí. Ese era uno de los detalles que se habían hecho evidentes desde el día en el que los fantasmas repentinamente se habían convertido en algo real. Sacudió la cabeza una vez más. No sabía de dónde venían esas ideas, pero lo habían estado acosando la mayor parte del día. De hecho lo habían estado acosando desde el momento en el que había visto a su vecina persiguiendo a su hijo.
Algo respecto a esa escena lo había molestado más de lo que estaba dispuesto a reconocer, pero a pesar de sus esfuerzos no podía entender el por qué, ni tampoco podía comprender por qué era que sus pensamientos insistían en tornarse hacia Lisa una y otra vez.

Normalmente podía evitar pensar en ella, pero en ese día en particular sus pensamientos simplemente no parecían estar dispuestos a dejarlo en paz ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la desaparición de su hija, cuántos años? No lo sabía, no podía siquiera recordarlo, pero sabía que no debería haber sido así. Intentó enfocar sus pensamientos una vez más, pero era inútil. En ocasiones el pasado le parecía tan borroso, con los días entremezclándose unos con otros. Todavía estaba pensando en eso cuando de repente tuvo la agobiante sensación de que había un millón de cosas que se suponía que debía recordar, pero que había olvidado.

No se trataba solo de la pregunta de cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que había visto a su hija, o de cuántos años tendría ésta si no hubiera desaparecido, sino que incluía también cosas mucho más cotidianas y aparentemente insignificantes, como a dónde habían ido a celebrar su último cumpleaños. Recordaba claramente todo lo que había ocurrido en su vida antes de la desaparición de Lisa. Recordaba el día en el que había nacido, y recordaba también su orgullo cuando la había visto dar sus primeros pasos titubeantes. Recordaba incluso la mañana en la que su hija había ido a la escuela para no volver, pero a partir de ese momento todo parecía haberse tornado extrañamente borroso.


Se despertó en medio de la noche.

El sueño había sido… como un sueño. No, esa no era siquiera la palabra correcta. Era solo que estaba seguro de que había tenido ese mismo sueño en ocasiones anteriores, pero lo que había experimentado no había sido una sensación de déjà vu, no realmente. Había sido algo diferente, algo mucho más profundo. Sí, incluso mientras estaba soñando había sido plenamente consciente de que se trataba de un sueño, pero a pesar de eso también había sido plenamente consciente de que no lo era. Había sido más bien como un recuerdo. Sí, esa palabra resultaba mucho más apropiada, pero al mismo tiempo había sido como un recuerdo desde una perspectiva que le resultaba totalmente ajena. Había estado soñando con el día en el que su hija había desaparecido, casi como si lo estuviera reviviendo, pero también había estado viendo ese día desde un punto de vista que no era el suyo. Se había estado viendo a sí mismo desde fuera, pero la imagen que había visto no parecía acabar de encajar. Había ido a trabajar ese día como lo hacía siempre y al volver la niña no había estado ahí, pero a pesar de eso no se había sentido ni preocupado ni asustado… de hecho no podía siquiera recordar si había hecho algo para tratar de encontrarla. Simplemente había aceptado su ausencia sin cuestionarla, y sabía que él no había sido el único. A pesar de cuanta gente había desaparecido ese día, hasta donde sabía nadie había hecho nada al respecto ¿Por qué? ¿Por qué no había hecho nadie nada cuando miles y miles de personas se habían desvanecido sin dejar rastro? Eso simplemente no tenía sentido.

Su mundo se había visto radicalmente transformado ese día, pero a pesar de ello todos habían seguido con sus vidas como si nada hubiera cambiado ¿Cuál había sido su reacción inicial? Ni siquiera de eso podía estar seguro. De hecho era precisamente a partir de ese momento que las cosas se tornaban confusas. Hasta donde podía recordar había ido a trabajar al día siguiente como si nada hubiera sucedido, había seguido viviendo su vida sin mencionar ni a su hija ni a su ausencia, y apenas reconociendo la existencia de esa puerta cerrada en el pasillo, así como apenas si se permitía el reconocer que esos cubículos repentinamente abandonados en su oficina estaban ahí. Pensándolo bien una buena pregunta era por qué seguían abandonados esos cubículos. Nunca se había parado a considerarlo, pero la verdad era que no tenía sentido. Sí, era cierto que él no podía remplazar a su hija, pero normalmente cuando un empleado renunciaba otro era contratado para tomar su lugar. Esa era la forma en la que las cosas siempre se habían dado, pero esta vez no había sido así. Era como si nadie lo hubiera contemplado siquiera, y por lo tanto esos cubículos seguían ahí, vacíos y exactamente como sus ocupantes los habían dejado.

¿Había habido otros cambios desde entonces? Sospechaba que no. De hecho, hasta donde podía recordar, nadie había renunciado después de ese día, nadie había siquiera faltado al trabajo por estar enfermo ni nada por el estilo. Simplemente habían seguido con sus vidas, aferrándose a su rutina como siempre lo habían hecho, intercambiando comentarios sin demasiado sentido y sin tener nunca una conversación verdadera, aunque en realidad eso no constituía un desarrollo inesperado. La oficina era fría e impersonal, y esas conversaciones nunca habían sido frecuentes. Para él sus colegas nunca habían sido más que conocidos. De hecho en la mayoría de los casos apenas si podía recordar sus nombres. La pregunta era si ese problema estaba confinado realmente a la oficina ¿Cuándo había sido la última vez que había tenido una verdadera conversación con su mujer? No solo el parloteo sin sentido que parecía caracterizar a la mayoría de sus encuentros sino algo más profundo, algo que se destacara en su memoria. No estaba seguro, pero sospechaba que había sido años atrás ¿Podía ser desde el día en el que Lisa había desaparecido? Quizás, aunque no podía entender el por qué. Era absurdo. Se trataba de su esposa, su hija había desaparecido y nunca habían hablado de ello. De hecho era aún peor porque, hasta donde podía recordar, ninguno de los dos se había parado a pensar siquiera en el hecho de que no habían hablado de ello. Simplemente habían seguido adelante, ignorando esa puerta cerrada como ignoraban a los fantasmas que se entrecruzaban con sus propias vidas, sin ver y sin ser vistos.

¿Cómo habían llegado hasta ese punto? Él y su mujer habían tenido once años de casados cuando Lisa había desaparecido, y en ese tiempo las conversaciones entre ellos se habían ido tornando cada vez menos frecuentes. Casi sin darse cuenta se habían acostumbrado a una cierta rutina, y en el proceso se habían acabado acostumbrando también tanto a la presencia constante del otro que al final se habían quedado sin nada que decir.

Sacudió la cabeza. Esos pensamientos le resultaban extremadamente perturbadores, aunque quizás no tanto como el hecho de que tenía la extraña sensación de que debía luchar consigo mismo por el mero derecho de tenerlos ya que su mente parecía rebelarse ante la sola idea de pensarlos… aunque quizás eso podía servir para explicar también por qué era que él y su mujer nunca habían hablado de lo que había sucedido, por qué era que simplemente habían seguido adelante con sus vidas. Incluso en ese momento tenía la sensación de que estaba luchando contra una barrera invisible, una que era parte de él mismo ¿Era él el único que se sentía así? No lo sabía, pero estaba decidido a averiguarlo.

Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano trató de concentrarse en el pasado, en todo lo que había sucedido desde la desaparición de Lisa. Ese era, hasta donde podía ver, el parteaguas más evidente, y sin embargo a partir de ese momento era como si el cambio en sí hubiera desaparecido del mundo. A partir de ese momento los días se tornaban casi irreconocibles unos de otros, eso era lo que hacía que le fuera tan difícil el concentrarse en los detalles ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? No lo sabía ¿Qué había sucedido después de eso? La vida había seguido su curso. Esas eran las semi-respuestas a las que volvía una y otra vez, y por lo tanto la imagen que parecía emerger seguía siendo ridículamente amorfa.

Su mente se tornó una vez más hacia la escena que había visto por la mañana al salir de su casa, la escena que parecía haberle dado pie a sus extrañas ideas. Su vecina había estado persiguiendo a su hijo, y algo en ese hecho le había parecido extraño. No era que hubiera habido nada inusual en lo que había visto, sino más bien todo lo contrario. El niño tenía casi dos años y hasta donde el Sr. Jones podía recordar su madre siempre parecía estar detrás de él, como él mismo recordaba haber perseguido a Lisa años atrás ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde entonces? Esa era otra de las preguntas que no podía contestar, y dado que estaba extremadamente acostumbrado a lidiar con números en forma cotidiana, la dificultad con la que se encontraba al tratar de asignarle una cifra a ese periodo le resultaba particularmente frustrante.

El sentido común parecería indicar que tendría que haber podido decir no solo cuantos años habían transcurrido desde entonces, sino también cuantos días e incluso cuantas horas, pero la verdad era que a partir de ese momento el tiempo en sí parecía estar curiosamente fuera de foco. Sabía que cuando su hija había desaparecido él había llevado once años de casado, y que Lisa había tenido ocho años ¿Cuántos años tendría ahora, cuántos años había estado casado? No lo sabía, es más, ni siquiera podía recordar a su mujer furiosa con él por haber olvidado su aniversario como siempre solía hacerlo. Esa era otra de las cosas que habían cambiado. Se trataba de una diferencia aparentemente insignificante, pero era una que lo llevaba a sospechar que él no era el único que estaba teniendo dificultades al momento de concentrarse en esos detalles.Los ojos de los muertos

Algo estaba sucediendo, de eso estaba repentinamente seguro, pero a pesar de ello tenía que luchar consigo mismo para no volver a olvidarlo, para no perderles la pista a sus propios pensamientos. Había algo ahí, una especie de barrera invisible contra la cual parecía estarse topando una y otra vez. Por un breve instante fue plenamente consciente de ello pero después de eso su tenue control sobre esa imagen mental simplemente se colapsó, y fue en ese momento que el Sr. Jones perdió la batalla por mantenerse despierto.

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